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Mundo Mágico Milo Marzán

Texto original de Rodrigo Mazza
Ilustraciones realizadas con IA

El calor de la noche santafesina había obligado al húngaro Milo Marzán a ubicar una pequeña mesita afuera del carromato, donde corriera un poco de aire. Concentrado sobre un viejo cuaderno, enrollaba las puntas de su bigote mientras intentaba llevar las cuentas de su empresa, un pequeño circo ambulante que hacía casi veinte años traqueteaba los caminos del interior del país.

Olga interrumpió sus pensamientos para preguntarle:

—¿Te gusta?

—Sí, está lindo.

—Dale, Marzán, ni me miraste.

—¿Qué pasa, mujer? Estoy tratando de…– Olga dio un giro envuelta en un vestido rojo de lentejuelas. Milo olvidó lo que estaba por decir—. ¿Para qué es eso?

—Voy a hacer una entrada en el número de Romeo.

—¿Por qué te jode a vos con esas cosas, si lo tiene al enano?

—¿Y vos por qué no dejás de sacar cuentas y venís a acostarte, eh?

—¡Dejame trabajar, Olga! Hay que hacer los pagos, la recaudación que viene floja…

—Ya sé, ya sé… Lo de siempre, Marzán —dijo Olga mientras se iba.

Milo prefirió no contestar, solamente se quedó mirando cómo se alejaba el brillo titilante de las lentejuelas rojas hasta desaparecer entre las carpas del circo.

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Integraban la compañía Olga Petrovna, figura principal en los actos de altura, esposa de Milo y veinte años menor que él; Romeo, un joven payaso de talento innato; Cachilo, ilusionista y encargado de todas las explosiones que hicieran falta; Zafira, india mapuche hipnotizadora de serpientes; las hermanitas Chiri, habilidosas malabaristas provenientes de Jujuy; una orquesta de cuatro músicos autodidactas; Lungo, un enano sin ninguna habilidad especial; y el propio Milo, presentador y administrador general.

Al día siguiente, la función transcurría dentro de lo habitual y con un público más que aceptable. Cuando llegó el momento del nuevo acto de Romeo, Milo se apartó a un costado, encendió un cigarrillo y se acomodó para observar la participación de Olga.

Romeo era un toba morrudo y movedizo, que el propio Milo había descubierto unos años atrás, en un pueblito escondido en la provincia del Chaco. La compañía había perdido sorpresivamente a su viejo payaso, y el circo languidecía. Entre funciones, Milo salió a caminar, y encontró a unos muchachos charlando en una esquina. Uno de ellos era especial, de voz potente e ingenioso para las respuestas. Su enorme bocaza se abría como una luna sobre su cara redonda y negra.

—Vos —le dijo Milo apuntándolo con el dedo—, ¿cómo te llamás?

El negro se puso una mano en el pecho, hizo un adorno en el aire y alzando su otra mano hacia el cielo contestó:

—Romeo.

—¿Bromeo? —lo provocó Milo.

Sus amigos se rieron, y el negro se acercó a Milo con unas cuantas zancadas.

—¿Usted es el del circo, no?

—Sí. ¿Te gustaría trabajar como payaso?

Milo le enseñó los trucos básicos de la actuación, pero Romeo demostraba que era capaz de hacer reír con cualquier cosa. En una ocasión improvisó una escena con un perro que se había metido en el escenario imprevistamente. Resultó tan sincronizada y divertida que todos los espectadores pensaron que el perro estaba amaestrado.

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Detrás del humo de su cigarrillo, Milo disfrutaba como un niño más. El payaso Bromeo, como había decidido llamarse, hablaba algo ininteligible con un señor de la primera fila, cuando la orquesta empezó a hacer sonar un tema lento y sensual, a la vez que Olga aparecía desde el fondo con el vestido rojo pegado al cuerpo. Caminó con una elegancia felina hasta quedar en el centro del escenario, como una frutilla perfecta.

Los chicos del público empezaron a inquietarse y a gritarle: ¡mirá atrás tuyo!, ¡mirá a tu novia! Después de hacerse el sordo un rato, el payaso dio media vuelta y al encontrarse con Olga quedó parado en seco, para unos segundos después caer al suelo con la rigidez de una estatua. El público se desbarataba de la risa. Era el éxtasis del enamoramiento en lenguaje payaso: una discusión con su propio corazón que se le quería salir del pecho; un tironeo con una fuerza invisible que lo arrastraba hacia ella como imanes de los que no podía escapar; y ya entregado a la inevitable fuerza del deseo, un abanico desopilante de las formas de seducción que un hombre despliega para intentar conquistar a una mujer. Si bien es cierto que Romeo nunca perdía la chispa, ese día estaba especialmente inspirado.

Una de las ocurrencias del payaso hizo que Olga fuera incapaz de sostener la seriedad de su personaje, y se desbocó en una risa incontenible que se pudo escuchar en todos los rincones de la carpa. Los espectadores, identificados con la tremenda lucha del pobre payaso, sintieron junto con él la satisfacción de haber tocado el corazón de la dama. Romeo aprovechó el momento para desmayarse en cruz y dar así el pie para el siguiente acto.

Después de la función, y aún en el momento antes de dormirse junto a su esposa, Milo no podía soltar de su mente la risa franca y sonora de Olga en el escenario. Tenía que remontarse muchos años atrás para encontrar el recuerdo de un sonido similar, pero pensó que no tenía ningún sentido decirle esto a su mujer. Apagó el velador y hundió la cabeza en la almohada, tratando de despegarse de ese pensamiento obsesivo.

Olga y Milo se habían conocido en Moscú, en una de las presentaciones de un circo en el que el joven húngaro realizaba un acto de escapismo. Llamaba la atención la serenidad con la que ejecutaba sus proezas. El “burlador de la muerte”, como lo presentaban, ingresaba junto a dos asistentes en una gran jaula de unos cuatro metros de altura. Lo ataban por completo, ponían grilletes en sus pies y lo colgaban cabeza abajo. Los asistentes, al salir, cubrían la jaula con una seda brillante. Lo último que se veía era la cara enrojecida de Milo y unos movimientos en vaivén que parecían inútiles y desesperados. Transcurrido un minuto, una bomba de humo dejaba caer la seda, descubriendo a un Milo perfectamente a salvo, saludando a la platea con su carismática sonrisa.

Olga tenía entonces quince años, unos ojos cautivantes y un futuro prometedor en el ballet ruso. Se enamoraron de inmediato y al poco tiempo Olga se unió a la compañía, pasando de la danza a los trapecios con una naturalidad pocas veces vista. La bella acróbata y el gran escapista se convirtieron rápidamente en las figuras principales del show itinerante. Cuando estalló la guerra, Milo la convenció de viajar hasta un lejano país al sur de América, decidido a crear su propia compañía a la que pronto llamarían “Mundo Mágico Milo Marzán.

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A la noche, Milo se quedó dormido evocando aquellos recuerdos. Tuvo un sueño en el que acariciaba el cuerpo desnudo de su mujer. Veía a una Olga feliz y luminosa cuya respiración se convertía en gemido, y el gemido en esa risa que le había resultado tan hermosa y lejana al mismo tiempo. Mientras la acariciaba, advirtió que sus propias manos no eran las de siempre, eran las manos de otro, eran manos jóvenes y negras.

Milo se incorporó de un golpe. A su lado, Olga seguía dormida. Mientras recuperaba el aire, se la quedó mirando un rato, con una mezcla de emociones que alternaban el dolor, la rabia y la tristeza.

Por más vueltas que le daba, para Milo el sueño tenía un solo significado posible, uno bastante literal: Olga y el chaqueño habían probado sus cuerpos, por lo menos una vez. Eso explicaba la risa jovial y transparente de Olga durante la actuación. Una mujer irradia esa luz cuando se encuentra satisfecha en su intimidad, y Milo no podía negar que hacía ya bastante tiempo el matrimonio apasionado se había diluido en una burocrática amistad.

Cada vez más convencido de su sospecha, Milo localizó el momento en que seguramente habría empezado todo. Unos meses atrás, una repentina peritonitis lo había obligado a internarse varios días en el sanatorio local. Las entradas para la siguiente función ya estaban vendidas, y Cachilo propuso que Romeo hiciera las presentaciones, para no tener que suspender. Cuando Milo salió de la internación, todos le contaron lo bien que lo había hecho el chaqueño, y hasta el enano le dijo:

—Ojo con éste, patrón. En cualquier momento le saca el puesto.

Para empeorar las cosas, en ese último tiempo el payaso Bromeo se había convertido en el alma de su espectáculo, y Milo era conciente de la caída irreparable que significaba estamparle a un circo el sello de aburrido.

Después de varios días de no poder pensar en otra cosa y no dormir bien, Milo se decidió a buscar la ayuda de Zafira y se acercó hasta la pequeña carpa de la india. Estaba sentada en posición de loto con un mazo de tarot enfrente.

—Permiso, Zafira. Pasaba por acá y se me ocurrió que…

—Te estaba esperando, Marzán— lo interrumpió Zafira, y se limitó a señalar el mazo.

Milo sabía bien que Zafira no era de andar con vueltas, así que se ubicó frente a la india. Ya conocía el procedimiento: mezcló y desplegó el mazo en abanico, eligió intuitivamente tres arcanos y uno a uno los fue descubriendo.

Zafira le clavó la mirada, buscando algo en los ojos de Milo.

—Hay una tormenta adentro tuyo, Marzán.

Milo sintió ganas de llorar, pero no pudo, no podía moverse de ninguna manera, ni siquiera cerrar los párpados o cambiar de dirección la mirada. Algo lo anestesiaba dulcemente, como si una serpiente de humo se hubiera metido en los laberintos de su mente, buscando con su lengua bífida secretos que ni siquiera el propio Milo conocía.

Al fin la india lo soltó. Milo sintió un fuerte empujón y tuvo que sostenerse para no caer de espaldas. No terminaba de componerse cuando Zafira, apoyando su esquelética mano sobre los naipes, pronunció:

—El que siempre se está escapando nunca puede estar tranquilo. Aquel que duerma en las profundidades despertará siendo un hombre nuevo. Sólo así completará el camino.

—El que vivió escapando de sí mismo ahora puede andar tranquilo. Lo viejo y lo nuevo se unen para dar vida a un dragón en celo. Tres también pueden ser uno.

Milo, todavía tembloroso, sintió un alivio que lo hizo sonreír. Una idea se había encendido como una pequeña vela en la oscuridad de sus pensamientos. Ahora sabía exactamente lo que tenía que hacer.

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A la mañana siguiente, el motor de la furgoneta se puso en marcha muy temprano. Olga se asomó por la ventana del carromato y le hizo a Milo un gesto de interrogación con la cabeza.

—Voy hasta la ciudad por algunas cosas —dijo Milo desde el volante.

Al regresar, Lungo se acercó para curiosear. Traía sogas, cadenas, candados y un gran barril de madera que había conseguido por poco dinero en la cervecería de San Carlos.

—¿Para qué todo esto, patrón? —preguntó el enano.

—En este negocio no hay que quedarse dormido, Lungo. Al público hay que sorprenderlo, hay que darle emociones fuertes.

El enano se quedó mirándolo, tratando de entender.

—Voy a hacer un acto de escapismo—le aclaró.

—¡¿Usté?!

—¿Qué, ahora sos payaso también?

La estrategia de Milo era simple. Aquella actuación no sólo desplazaría al chaqueño de su lugar protagónico en el espectáculo, sino que además le permitiría recuperar el amor de su mujer, mostrándole que seguía siendo aquel temerario artista que ella conoció en su juventud, y al que todo el mundo aplaudía por su coraje e increíble habilidad.

A partir de ese momento, no se hablaba de otra cosa entre los integrantes del circo. Para algunos se trataba de una noticia excitante, sólo Olga había visto al gran Milo Marzán burlando a la propia muerte una y otra vez,  ésta era la oportunidad de plasmar ante sus ojos aquello que solo habían visto en su imaginación. Para otros, en cambio, era un motivo de preocupación. Ejecutar una prueba tan ambiciosa requería de capacidades físicas que posiblemente Milo ya no tuviera. Esto sin embargo no podía mencionarse, para los artistas del circo el miedo es la semilla de la desgracia.

Durante las semanas siguientes, Milo dedicaba casi todo el día a ponerse en forma. Romeo lo observaba atónito realizar flexiones, estiramientos y abdominales, como quien contempla la resurrección del dios de una mitología muerta. A veces también lo ayudaba a llenar el barril para que Milo pudiera hacer sus ejercicios de inmersión.

En una de esas prácticas, Romeo empezó a inquietarse porque Milo llevaba demasiado tiempo sumergido. Se asomó a la boca del barril y lo vio inmutable, sentado tranquilamente en el fondo.

—¿Todo bien ahí? —preguntó el chaqueño.

Milo se puso de pie, recuperando el aire y sin mostrar signos de agitación. A Romeo le brillaban los ojos de admiración, pero Milo, que seguía sin poder sacar de su mente las imágenes de la traición, casi no le dirigía la palabra.

Unas semanas después, en las calles de la ciudad, los afiches anunciaban con gran expectativa el sensacional acto, el regreso del gran escapista internacional. La noticia causó conmoción y en pocos días ya se habían agotado todas las entradas.

Aquella noche infernal, el espectáculo transcurría con una tensión creciente, hasta que al fin las trompetas anunciaron el momento esperado por todos. El redoblante aumentó el suspenso al máximo, y una bomba de humo dejó en el centro del escenario una espesa nube blanca. Unos segundos después, se diluía en el aire dejando a la vista a un Milo Marzán irreconocible. Vestía una malla blanca enteriza con apliques rojos. Exhibía un físico envidiable, y si no hubiera sido por su característico bigote, a la mayoría les hubiera costado asociarlo con el presentador de saco rojo, moño y galera.

Junto a Milo ya estaba en el escenario el enorme barril. Grandes y chicos no podían salir de su asombro y aplaudían absortos, mientras se miraban entre ellos tratando de encontrar una explicación lógica a semejante entrada.

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Lungo y Romeo serían sus asistentes durante el acto, y entraron a la pista visiblemente nerviosos. Milo no había querido darles más que algunas mínimas indicaciones y tampoco había querido realizar un ensayo completo de la prueba antes de la presentación.

—Señoras y señores —empezó Milo—: a continuación, realizaré una prueba de riesgo en la que seré sumergido en este barril atado con sogas y cadenas. Con esta hazaña, demostraré que con un control absoluto del cuerpo y de la mente, no existe ninguna fuerza en el mundo capaz de encarcelar la libertad del ser humano.

Se produjo un silencio total en el auditorio. El enano hizo pasar a algunas personas que amarraron a Milo mientras éste se mantenía firme con los brazos a los costados. Lo ataron de arriba a abajo, haciendo todo tipo de nudos. Cuando acabaron con eso, Milo se hincó lentamente hasta apoyar las rodillas en el suelo, inclinó el torso hacia adelante lo más que pudo y dijo:

—Ahora las cadenas.

Un segundo grupo, de cuatro hombres, pasó al escenario, encadenaron a Milo desde el cuello hasta los tobillos y alrededor de sus piernas, comprimiendo sus brazos y muslos; y cerraron las cadenas con cuatro candados. Milo, en posición fetal, inspiró y exhaló muy lentamente tres veces, y entonces ordenó:

—Arrójenme al agua.

Los hombres, levantaron el cuerpo compacto, lo llevaron sobre el barril y lo dejaron caer. Milo se hundió por completo provocando un desborde de agua sobre el escenario.  Colocaron una tapa sobre el barril, y sobre ésta la estatuilla de un toro de unos treinta centímetros, forjado en hierro.

Romeo visiblemente, nervioso, siguió adelante con la prueba, y mostrando en alto un reloj a la platea dijo con entusiasmo:

—¡Comienza el desafío!

La orquesta tocaba con la tuba un pulso de sonidos largos y graves. El público, hipnotizado, mantenía su mirada fija sobre el diabólico toro.

Sumergido en la oscuridad y casi totalmente inmóvil, Milo buscaba alcanzar una pequeña llave maestra atada en el interior del barril y que quedaba a la altura exacta de sus manos.

—¡Un minuto! —dijo Romeo.

Los sonidos de la tuba seguían marcando la respiración del tiempo. Para sumar misticismo a la actuación, Zafira entró al escenario con dos enormes serpientes alrededor del cuello. Los golpes de una pandereta la acompañaron mientras ella conseguía de aquellas criaturas la más exótica de las coreografías.

Milo ya había logrado abrir dos candados y se encaminaba a deshacerse de las cadenas. La malla, que había sido previamente frotada con jabón, ahora en contacto con el agua dejaba su cuerpo resbaladizo y las sogas comenzaban a ceder poco a poco a sus movimientos.

—¡Dos minutos! —alertó el payaso.

A la persistente tuba se superpuso ahora el ritmo de unos tambores ancestrales. Las hermanitas Chiri hicieron su aparición, vestidas de negro, con esqueletos pintados sobre sus trajes y haciendo malabares con antorchas encendidas. Eran auténticos ángeles de la muerte, intercambiando pájaros de fuego mientras rodeaban el barril y bailaban al compás de los timbales.

Con la movilidad de sus brazos recuperada, Milo se despojaba de las sogas que atrapaban sus piernas, empujando el amasijo hacia abajo hasta sacarlo con la ayuda de sus pies. En un movimiento totalmente automatizado, Milo se dispuso en la posición de salida, con los pies firmes en el fondo y las manos apoyadas contra la tapa del barril. Sin embargo, no conseguía empujarla hacia afuera, algo inesperado e inexplicable lo inmovilizaba, y de esto no sabía liberarse como lo había hecho con las sogas y las cadenas.

—¡Tres minutos! —advirtió el chaqueño ante el inminente final.

Las jujeñas encendieron un círculo de fuego alrededor del barril. Ahora sólo quedaba esperar la salida triunfal del gran escapista. Las llamas iluminaban los contornos del toro y solo se oía el sonido profundo y largo de la tuba.

Milo también escuchaba ese pulso, pero lo confundía con el llamado de un faro que le traía imágenes del pasado. Olga, el dolor, escapar. Romeo, la traición, escapar. Hungría, la guerra, escapar. Su padre, los castigos, escapar. Había llegado al final de un inmenso laberinto sólo para descubrir que podía huir de cualquier cosa, excepto de sí mismo. Una tristeza profunda lo envolvió por completo. Sintió que su vida ya no tenía sentido. Perdió el control de la respiración y, mientras el agua entraba en sus pulmones, se dejó caer en posición fetal hacia el vientre de la muerte.

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—¡Cuatro minutos! —dijo Romeo, sin énfasis.

En las gradas crecía un rumor incómodo. Los ojos del negro y los de Olga se encontraron en la misma mirada de terror.

—¡Sácalo ya! —fue el pálido grito de la mujer, un estremecimiento de espanto recorrió la platea.

El chaqueño, de un manotazo, hizo volar la tapa con el toro encima. De un salto se equilibró sobre el borde del barril. Flexionó las rodillas, hundió los brazos y atrapó el torso de Milo. Rugió como una fiera mientras lo izaba con toda la fuerza de su ser. Entre varios lo tendieron en el suelo. Mientras presionaban su pecho inútilmente, Olga gritaba intentando hacerlo volver.

—¡Volvé, Milo! ¿Me escuchás? ¡Volvé, te digo! —En ese último grito desesperado, alzó los puños y golpeó con violencia el pecho de Milo.

El golpe detonó la bomba de humo, y la seda comenzó a deslizarse suavemente sobre los barrotes, revelando poco a poco las caras de un público expectante: asombro, excitación, miedo. Entre todas esas caras, unos ojos increíbles, los ojos de una joven tan hermosa que no podía dejar de mirar.

Eran los ojos de Olga, pero no la de ahora: la de aquella noche en Moscú, la de quince años, la del futuro prometedor. Entonces Milo sintió que el agua en sus pulmones se transformaba en aire, que las cadenas se deshacían en humo, que su cuerpo ya no pesaba. Vio cómo la seda caía sobre el escenario vacío y cómo él, de pie en el centro, recibía la ovación de un público que no entendía del todo lo que había presenciado, pero que aplaudía con furia la ilusión perfecta.

Olga —la verdadera Olga— seguía arrodillada a su lado, llorando sobre su pecho inmóvil. Romeo observaba con los ojos anegados, comprendiendo que algo más que un hombre acababa de morir allí. Pero Milo ya no estaba. Había escapado por fin, no del barril, sino del tiempo, de los celos, de la duda. Había encontrado la única salida que no había previsto: dejar de ser el escapista para convertirse en el escape mismo.

Y mientras la carpa se vaciaba entre murmullos y miradas de confusión, Zafira cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, los naipes se alinearon solos. La carta de Milo se reveló. Una sonrisa leve, casi un suspiro, le rozó los labios.

Al abrir los ojos, el viento nocturno levantó del suelo un naipe perdido y se lo llevó volando hacia la oscuridad.

Afuera, la noche santafesina seguía caliente y quieta. El circo había perdido su magia, pero Milo, por primera vez en décadas, dormía tranquilo.

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