esdv1993

Preludio

Tiza pastel sobre cartón, 90 x 60 cm

En los años 90, después de un paso fugaz por la escuela de Bellas Artes en Rosario, todavía sentía el impulso de seguir pintando. En esa época yo estaba completamente fascinado con la figura de Salvador Dalí. No solo con su obra, sino también con su pensamiento y su obsesión por iluminar las riquezas —y algunas miserias— escondidas en el inconsciente.

Siguiendo los pasos del maestro, me dediqué lo más pulidamente posible a la técnica mientras dejaba que las imágenes se presentaran de manera espontánea, no racional.

Con el tiempo, las metáforas fueron cobrando un significado profundo, y en particular esta escena es la que más me sigue resonando.

La imagen

El ritual de un encuentro, el aleteo previo, la coreografía aérea del cortejo, justo antes del acto más sublime. En la inmensidad blanquecina de un desierto, dos amantes llegan a un lugar sagrado. Hay un momento, justo antes de que el arco toque la cuerda, donde todo es posibilidad pura. Ese silencio previo, esa suspensión inminente, es la ebullición total de la imaginación, porque contiene todas las posibilidades de lo que está por suceder.

Dos tiempos

A los 20 años pintaba para intentar atrapar ideas que no tenían palabras. Los colores me permitían trabajar esa tensión: los grises de un territorio onírico, difusos, inciertos; los rojos del deseo desmesurado de la pasión.

A los 50, entiendo que esa búsqueda nunca termina. El arte es la búsqueda de esos lugares sagrados, donde tal vez, solo tal vez, la música nos regale otro instante inolvidable.

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